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El asesinato de un alcalde

La historia que voy a relatar fue contada por mi bisabuelo Vitecindo Reusser a su hija y nietos, y mi abuela me la contó a mí.

El relato original estaba plagado de detalles, nombres, fechas y lugares, pero en 45 años estos se han perdido, y escribo lo que recuerdo para que no siga desapareciendo de mi memoria.

Vitecindo Reusser Estay fue un luchador de las reivindicaciones sociales de principios del siglo pasado que dirigió los sindicatos mineros de El Teniente y participó en la revuelta campesina de Ranquil.

En otra época, y a medida que las penas de relegación lo iban empujando hacia el sur, también fue dirigente del carbón, momento al que pertenece esta historia, haciendo notar que he oído dos versiones de ella, absolutamente coincidentes en todo, salvo en el detalle no menor de si sucedió en la ciudad de Curanilahue o en la de Lota.

En Curanilahue/Lota, en la década del 30′, el movimiento obrero estaba casi totalmente paralizado por el acoso policial, los cuales contaban con la colaboración incondicional de un alcalde elegido gracias al apoyo financiero de la Compañía, el que había logrado introducir gente de su confianza en diversos puntos de la organización minera y desde allí recibía la información precisa que requería la policía para actuar.

El asunto era ya tan crítico que los trabajadores ni siquiera podían hacer reuniones: la policía estaba ahí antes que los convocados llegaran.

Las detenciones, amenazas y golpizas eran frecuentes y el decomiso y la destrucción de sus periódicos y medios de difusión eran pan de cada día. Entonces, una noche se reunió con gran sigilo la cúpula de dirigentes sindicales y decidieron que la única forma de salir de la crisis era la muerte del alcalde de Curanilahue/Lota.

Pero, ¿quién perpetraría el asesinato?. Resolvieron hacer un sorteo entre los asistentes. Al elegido de esta azarosa forma se le proporcionó un revolver y balas y, a los pies de un cerro, el alcalde fue abatido mortalmente.

Ahora, el asesino no tenía experiencia como sicario y Curanilahue/Lota no era precisamente una urbe, por lo que fue rápidamente detenido. Y condenado a muerte.

Como situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, Vitecindo Reusser quebrantó el destierro y partió a Santiago a entrevistarse en secreto con el que otrora fuera su entrañable amigo, Arturo Alessandri Palma, Presidente de la República, y a él le pidió el indulto para el condenado. Pero el León de Tarapacá se lo negó.

Le dijo que el caso era grave, que habían matado a un alcalde, que la influencia de la Compañía era importante, que debían asumir las consecuencias de sus decisiones y que debía marcharse rápidamente de la ciudad antes que fuera avistado.

Vitecindo Reusser se enfureció y, recordándole favores electorales, le exigió el indulto. La discusión se fue calentando y de los gritos se pasó a los golpes, trenzándose ambos en una pelea en uno de los patios del Palacio de la Moneda.

Al final de la historia, el indulto fue concedido. Pero cuando le preguntaban sobre el resultado de la refriega, Vitecindo Reusser movía la cabeza y se limitaba a decir:

Pegaba fuerte el León.

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Carlos Reusser M.

Abogado, Univ. de Chile. Magíster en Derecho Constitucional por la Pontificia Univ. Católica de Chile y Máster en Informática y Derecho por la Univ. Complutense de Madrid. Docente universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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