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De cómo los pobres te pueden hacer rico

Durante agosto he estado investigando y diseñando una estrategia mercantil para convertirme en millonario y como creo que ya la he encontrado, la comparto con ustedes por si desean acompañarme en esta aventura.

Lo primero que descubrí en la elaboración de la idea del negocio es que las cárceles no fueron creadas para castigar criminales, sino para encerrar a los pobres que, como ustedes saben, son muchos y desagradables de ver. Solo desde el s. XVIII en adelante se apresó a los delincuentes en ellas, pero hasta el día de hoy conservan su naturaleza original: son sitios en los que encerramos a la gente pobre.

Como esto no me lo creí del todo consulté a un juez penal quien me confirmó que, desde su perspectiva y experiencia, el Ministerio Público y la policía tienen como misión “perseguir a los pobres”, pero que no era políticamente correcto decirlo.

Y más tarde verifiqué que las leyes que crean delitos son cada vez más numerosas y se dictan apresuradamente por parlamentarios y Ministerios que desean aparecer en televisión ojalá con el hacha en una mano y la cabeza del infractor en la otra.

Y ya está, con estos elementos me llegó la inspiración comercial: tenemos a nuestra disposición el recurso “pobre y delincuente”, que no solo es abundante, sino que casi ilimitado. Verá: la mayoría de la gente pobre nunca tendrá empleo, pues el mercado no tiene capacidad para acogerles (no se los diga, que después hacen marchas y desórdenes), y para sobrevivir muchos de ellos cometen delitos tan sencillos y evidentes que es fácil capturarlos y condenarlos (¿o cree que usan subrepticiamente información privilegiada en el mercado de capitales?).

Teniendo esto en mente, y como parte de la estrategia comercial, haremos lobby.
Nos dirigiremos a dirigentes políticos y actores sociales, principalmente de corriente neoliberal que prestan más oído a estas cosas, y les diremos que los centros penitenciarios, al igual que todos los servicios públicos, son ineficientes y mal gestionados, y que requieren urgentemente de una lógica empresarial que los dote de criterios de economía y eficiencia.

Esto abrirá las puertas para que nos entreguen en concesión los servicios de aseo, alimentación e incluso la seguridad en las prisiones.

Logrado lo anterior, ¿qué problema puede haber en que también nos concesionen a los “internos”?.

Precisamente aquí viene la otra parte del plan: como ningún Estado tiene capacidad para construir tantas cárceles para acoger la cantidad de delitos que se cometen, y como las cuestiones relativas al encarcelamiento son ya mercantiles, ¿qué problema puede haber en que los privados construyamos las cárceles, a cambio de que nos las concesionen con ciertos márgenes de ganancia? (no hay que decir lucro, que trae mala suerte).

Para asegurar el éxito del lobby podemos agregar como argumento el sofisma de que el Estado ya no tendrá que hacerse cargo de este tipo de responsabilidades y que podrá desentenderse de los temas de derechos humanos, con lo que los burócratas bailarán arriba de las mesas.

Pero ¡atención!, para que estas concesiones sean un negocio floreciente, vamos a necesitar de un flujo creciente y sostenido de personas con que alimentarlas.
¿Cuántas?. Pues todas aquellas que nos generen algún margen de ganancia.
Es sabido que todos cometemos infracciones a la ley, pero los pobres son muchísimos, sus delitos (o los que parezcan tal) son simples y no tienen dinero para defenderse, así que son un recurso casi ilimitado para explotar: podremos construir y llenar cárceles hasta el paroxismo.

¿Qué tal?. Un negocio redondo por donde se le mire.

Por supuesto, a pesar del éxito no podremos dormirnos en los laureles: periódicamente tendremos que financiar, con mano izquierda claro está, fuertes campañas publicitarias alimentando el temor ciudadano hacia la delincuencia y la amenaza de un inexistente terrorismo, habrá que escribir cartas y columnas en los diarios llamando a derogar los beneficios carcelarios, pagar a centros de estudios para que acallen con elaborados artilugios a quienes digan que tenemos las tasas más bajas de criminalidad del continente y, sobre todo, para que disfracen el hecho de que somos uno de los países que más encarcela en el planeta.

Pero qué más podemos hacer: el mercado es un dios que nos exige algunos sacrificios.

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Carlos Reusser M.

Abogado, Universidad de Chile. Máster en Informática y Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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