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Recuerdos de la huida de una ciudad

Esta es una historia familiar que tuvo gran impacto en mí, pues de la noche a la mañana transformó mi entorno. Ocurrió en 1978, en fechas que por la edad que tenía entonces me son imposibles de precisar: una noche dormía en mi cama, a 3 cuadras de la plaza de armas de la ciudad de Cañete, y desperté en la mañana siguiente en una especie de bodega de piso de tierra y paredes negras de hollín, con gente que no conocía.

Salí al patio y ahí, disgregado en un campo, estaba casi todo el contenido de mi casa: veladores, platos, camas, frascos, libros, un televisor, etc. Con el tiempo reconstruí lo que había pasado, y es lo que les cuento a continuación: Yo vivía en Cañete, junto a mi abuela, mi madre, mis tías y la perra Lola en una casa de 2 pisos de calle Videla con Villagrán. Casi toda mi familia estaba integrada por conocidas militantes comunistas, por lo que después del Golpe de Estado de 1973, cada cierto tiempo los militares se permitían detener y torturar a mi abuela Idilia Reusser, o dejar bajo arresto domiciliario a los demás y, por supuesto, los pacos abrian la puerta a patadas y allanaban la casa cada vez que estaban aburridos (cuestión de común ocurrencia en un pueblo en que hay poco que hacer).

La situación era insostenible para nosotros: al acoso policial y los permanentes allanamientos se sumaba el hecho de que algunos amigos de toda la vida fingían no conocernos (el miedo hace cosas horribles a las personas, pero ello no las justifica), mi gente no encontraba trabajo en ninguna parte y la ruina económica nos rondaba con dientes largos. De hecho recuerdo a un señor de apellido Vivanco que, al paso de mi abuela, decía: “¿Y por qué no han matado a esta comunista de mierda?”.

Fue mi madre la que propuso una determinación que la matriarca aprobó: había que huir, escapar de Cañete sin dejar rastros, y encaminar nuestros pasos al campo familiar en el fundo Tromén (hoy llamado Reussland, a efectos turísticos), librándonos de los persecutores y organizando una economía familar de base agrícola. Se planeó el escape en secreto: en una tarde y parte de la noche, casi toda una casa se empaquetó y se cargó en un camión que aguardaba en un patio interior, y pasada la medianoche, sin el necesario salvoconducto de la policia, sin dar aviso ni a los vecinos y con luces bajas, el camión salió de la ciudad por un camino de tierra y ripio hasta llegar al campo una hora después. Me bajaron durmiendo, me dejaron en la cama de los inquilinos, y comenzaron a descargar afanosamente.

Cuando desperté, todo ya estaba hecho y no había vuelta atrás: en ese lugar permanecí por casi 16 años, sin otras almas vivientes a más de un kilómetro a la redonda. Y como no había con quien jugar, boté mis 2 sacos de juguetes por una quebrada (redescubrí algunos de ellos una década más tarde, cuando mi abuela pirómana incendió un cerro) y me aboqué a pasar el tiempo leyendo, viajando al colegio todos los días, y capeando las estaciones arrancando nalcas, buscando maqui y y frutos de boldo, hartándome de murtillas y moras y, por supuesto, pasando las primaveras encaramado peligrosamente en los hualles o apaleando robles para obtener digüeñes. Y así, más o menos, transcurrió mi vida hasta la época en que llegó la hora de ir a la Universidad.

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Carlos Reusser M.

Abogado, Univ. de Chile. Magíster en Derecho Constitucional por la Pontificia Univ. Católica de Chile y Máster en Informática y Derecho por la Univ. Complutense de Madrid. Docente universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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