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Lo no religioso es sospechoso y malvado, dice el Ministerio Público

En diagonal he leído que entre los antecedentes presentados en el “caso bombas” había, como prueba irrefutable de maldad, un par de “telas antirreligiosas”.

Esto me llevó a recordar que también en estos días se está juzgando en España al cantautor Javier Krahe, por el hecho de que en 1978 filmó un vídeo satírico sobre cómo guisar a un Cristo de crucifijo, lo que se lograba según él sacándolo de la cruz y poniéndolo en un azafate con abundante cebolla, mantequilla y especias al gusto; y luego se metía al horno por tres días al cabo de los cuales salía por sus propios medios (los gourmets pueden consultar detalles de la preparación en Youtube).

El caso es que en el año 2004 el vídeo se difundió por televisión y el Centro de Estudios Jurídicos Tomás Moro (que toma el nombre del santo católico que ejecutaba a las personas que tenían biblias en inglés) se querelló criminalmente contra Krahe, por “ofender los sentimientos de una confesión religiosa”, un delito establecido en el Código Penal español y jamás aplicado hasta ahora.

Lo he estado pensando y creo que la lógica que subyace tanto al Ministerio Público chileno y al querellante español es la misma: lo no religioso es sospechoso y malvado, y debe ser perseguido hasta en los tribunales del crimen, si fuere necesario.

Es triste darse cuenta en forma tan tangible de la pervivencia de idearios medievales en los sistemas y prácticas jurídicas del siglo XXI, aunque es notable que para adaptarse a los nuevos tiempos estas ideas han ido tomando una forma hipócrita y falaz: toda persona es respetable y también lo son sus convicciones. Por ende, sus creencias religiosas también merecen respeto.

Pero ello no es así. Por supuesto que las personas merecen, por regla general, todas las consideraciones que deriven de su dignidad humana, pero sus tonterías no son ni pueden ser respetables.

Si, por ejemplo, el 30% de la humanidad juega al amigo imaginario ello no significa que eso les pueda dar derecho a perseguir, a través de tribunales o de otras formas igualmente repelentes, a quienes les recuerden que es solo un juego aprendido y repetido desde la infancia, y que su amigo imaginario no está en ninguna parte.

No se me malentienda: creo justo y necesario que la gente busque maneras de explicar y sobrellevar su vida de la mejor manera que pueda, incluso si ello la lleva a creer en la existencia de tormentos extraterrenales por las barbaridades cometidas contra sus semejantes, o en formas de eludir los castigos que se han inventado. Es un derecho de todos que hay que defender a rajatabla.

Sin embargo, no me parece tan justo ni razonable que se permita la instalación y funcionamiento de organizaciones multinacionales dedicadas a explotar financiera y políticamente las creencias, temores y alegrías de estas personas, pero la verdad es que no es un tema que me preocupe pues, en última instancia, la gente tiene el derecho a dejarse expoliar por quienes prefieran, en el supuesto de que han tenido la libertad necesaria para así decidirlo.

Pero lo que no es aceptable bajo ningún aspecto en que se dicten leyes o que se establezcan como prácticas judiciales legítimas el amedrentamiento o la persecución de quienes no comparten su particular visión religiosa de la vida, calificándolos por ese mero hecho de sospechosos o, peor aun, de delincuentes.

 

Publicado originalmente en La Tercera el 6 de junio de 2012.

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Carlos Reusser M.

Abogado, Univ. de Chile. Magíster en Derecho Constitucional por la Pontificia Univ. Católica de Chile y Máster en Informática y Derecho por la Univ. Complutense de Madrid. Docente universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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