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Mi abuelo, el tuerto “Señor de la Querencia”

Oiga, ¿le podemos hacer una pregunta?, dicen tímidamente dos viejos mapuches.

– Si, claro, pregunte no más. – A lo mejor usted se va a enojar pero, ¿es algo de don José Luis Salazar?

– Eh… si, soy su hijo. Los dos viejos intercambian significativas miradas para luego, con expresión dolida, replicar:

– Usted nos va a disculpar, pero… ¡que malo era su padre!.

La situación descrita, con pequeñas variaciones, se repetía cada cierto tiempo entre mis tíos.

El mentado José Luis Salazar Campos fue mi abuelo y un feroz terrateniente, dueño de los fundos Vilvilco, Litricura, Huichicura, Pangueco, Butamalal, Paicaví, Pilmaiquén, Quelihue y varios otros de menor extensión, los que dirigía con mano de hierro, revólver al cinto y un régimen de terror.

Mi abuela le conoció cuando ya era tuerto; todo indica que esa discapacidad fue precisamente el precio que pagó por una crueldad legendaria entre los que le recuerdan (que afortunadamente para las generaciones siguientes ya son bastante pocos).

La historia de cómo perdió el ojo es más o menos como sigue y originalmente me la contaron con nombres y apellidos, pero lo que queda de ella en mi memoria es esto:

Tras instigar el asesinato de un tío del conocido profesor cañetino Polo Palacios (conocido en Cañete, claro está), al parecer por un asunto de tierras, José Luis Salazar fue invitado por gente de confianza a una cacería, sin decirle, por supuesto, que él era la presa que moriría en un “desafortunado accidente” de caza.

Llegado el momento y en una rápida acción, le apuntaron a la cabeza con una escopeta y le dispararon, pero para mala suerte del tirador en el instante que hizo fuego se cruzó un indio que usaban para recoger las presas y fue este el que recibió el impacto de lleno, cayendo muerto en el acto.

Pero algunos perdigones si llegaron a destino y mi abuelo también se desplomó con abundante sangre en la cabeza y, en vez de asegurarse por el bien de la humanidad de que efectivamente estuviera muerto, espolonearon los caballos y se marcharon al galope.

Y así entonces tenemos a Salazar tuerto, pero vivo, quien luego hizo fabricarse un ojo de vidrio a la medida y con una tonalidad de color similar al que le quedaba; en las noches lo dejaba en un vaso con agua, para terror de sus hijos que veían como su padre los miraba desde la mesa del velador.

Pero hay otra anécdota que resume el espíritu del viejo y es la ocasión en que una mañana cae accidentalmente al fondo de un profundo pozo, en una de sus tierras. Después de gritar horas y en innumerables ocasiones pidiendo ayuda a los que pasaban, y transcurrido ya el mediodía, comienza a gritar solamente “Carlos, tírame un lazo”.

Es que nadie más que su hermano iba a tratar de sacarlo. Y hasta Carlos le “negoció” el auxilio.

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Carlos Reusser M.

Abogado, Universidad de Chile. Magíster en Derecho Constitucional por la P. Universidad Católica de Chile y Máster en Informática y Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Docente universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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