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Mis parientes, las putas

Toda familia que se precie tiene sus maricones y sus putas, dice el saber popular, y la mía no es la excepción. La historia que les contaré hoy es sobre las putas familiares (la palabra está en la RAE, así que nada de ruborizarse) y luego les relataré las otras, si no muero en algún extraño accidente.

Me la contó mi abuela como un secreto, pero yo cada vez que me acuerdo lo encuentro de lo más hilarante.

La historia es simple: cuando su padre Vitecindo Reusser era Regidor en la ciudad de Cañete en los años 40 o 50, este tuvo serias desavenencias con la hija de su primer matrimonio, Florentina, con quien vivían.

Permítanme no revelar el nombre real de Florentina porque, aunque es la protagonista de este cuento y ya ha fallecido, dejó descendencia y no sé si ellos saben o querrían saber de esta historia.

Bueno, el asunto es que las discusiones entre el Regidor y su hija eran diarias y terminaban a gritos, y llegaron a tal nivel que Florentina dejó el hogar común y se instaló a vivir en el prostíbulo del pueblo y, por supuesto, a prestar servicios sexuales, a pesar de los ruegos y amenazas de su furibundo y desesperado padre.

Es más, al poco tiempo Florentina convenció a la empleada de la casa que se fuera con ella a trabajar al prostíbulo, donde eran conocidas por su nombres de batalla: Florentina se puso María (que era el nombre real de su media hermana, mi abuela María Idilia, a quien detestaba) y la nana pasó a ser conocida con su nombre y el apellido de la casa en que servía, esto es, Rosa Reusser.

Y así tenemos a un Regidor de Cañete al cual podías saludar por la calle en la mañana, y comprar los favores sexuales de su hija (o de su nana) en las noches, lo que era el comidillo del pueblo.

Imagino ahora que los enemigos de don Vite debieron haberse reído a mandíbula batiente. A sus espaldas, claro, pues el animal medía más de 1.90 mts.

El asunto era tan delicado e insostenible para el Regidor que, no pudiendo hacer desistir a su hija, optó por negociar el tema con la poderosa Grimanesa Limperg, la regenta, que vivía en lo que ahora es la pensión “El Ronce”, a dos cuadras de la plaza de armas.

La reunión fue tensa y desagradable y don Vite no logró que doña Grimanesa obligara a Florentina a abandonar el oficio, pero finalmente accedió a trasladarla a otro prostíbulo en Santa Juana o Santa Bárbara, lo que efectivamente sucedió.

Y ahí termina la historia.

Poco tiempo después (o no) Florentina abandona la prostitución y se casa con un extranjero, teniendo varios hijos, y se radica en los alrededores de Santiago, muriendo como una respetable viuda hace pocos años atrás.

Yo vi a esta particular tía abuela dos veces en mi vida. Y nunca me habría imaginado nada de esto.

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Carlos Reusser M.

Abogado, Univ. de Chile. Magíster en Derecho Constitucional por la Pontificia Univ. Católica de Chile y Máster en Informática y Derecho por la Univ. Complutense de Madrid. Docente universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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