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Veo gente muerta (primera parte)

Cómo sabes que un ser querido ha fallecido, mientras estás lejos?.

Lo averigüé en el año 2001, cuando hacía un tour por Europa. Junto a Lorena arribé una noche a Niza tras largas horas de viaje en tren, deseosos de conocer la costa azul francesa.

Apenas llegamos, nos pusimos a buscar un hotel en que alojarnos. Encontramos uno cualquiera de ellos a metros de la estación y al entrar noté ciertas peculiaridades que en atención a la hora y la lluvia decidí pasar por alto: en el lugar en que se exhibe la cantidad de estrellas, y por ende se indica la categoría del hotel, había un agujero en la pared y el recepcionista y los huéspedes tenían una mirada extraña; también ondeaba una bandera multicolor en la entrada.

Subí las escaleras arrastrando bultos y maletas, con expresión divertida. Sólo después de cerrar con llave la puerta de la habitación le expliqué a mi yunta la real situación: estábamos hospedados en un hotel parejero gay de muy mala muerte. Nos reímos bastante, inspeccionamos la habitación y el baño para no encontrarnos con sorpresas, y luego nos derrumbamos sobre la cama, durmiéndonos casi de inmediato, exhaustos.

Desperté horas más tarde, en plena noche, cuando todo era silencio, y me senté en la cama mientras sentía y veía con espanto que mis dientes crecían velozmente, alargándose y, simultáneamente, volviéndose opacos y amarillentos, como viejos. Me los toqué y comprobé que estos se rompían con el solo contacto, hasta convertirse en polvo de hueso.

Sorprendido contemplaba como todos mis dientes crecían, se podrían y se reducían a nada apenas yo los tocaba.

Desperté angustiado tras ese sueño. Ya era de mañana y lo primero que dije, medio en serio, medio en broma, fue que cuando volviera a Chile lo primero que haría era visitar al dentista. Y le conté a mi compañera el sueño, que recuerdo hasta hoy con profusión de detalles.

Ella se puso pálida, pero no me dijo ni media palabra, aunque cuando salimos a la calle me indicó que lo que primero haríamos era ir a una iglesia ortodoxa rusa, donde encendió una vela por el bienestar de Idilia Reusser (mi abuela) e insistió majaderamente en que llamara por teléfono a Santiago o que leyera el correo electrónico, cosas que me negué a hacer hasta un par de días más tarde, cuando llegué a Barcelona, pues mi nivel de comprensión del francés no me permitía siquiera comprar café en un máquina automática.

Y fue en España, en un cyber, que me enteré que mientras yo soñaba con que se me caían los dientes mi abuela, que es lo que más he querido en la vida, moría a miles de kilómetros de distancia. Tuve una gran consternación, más que por el fallecimiento, por el hecho de que de golpe llegaron a mi memoria todas las historias de la familia, repetidas una y otra vez a lo largo de mi vida por boca de mi propia abuela, sobre el significado de soñar con que se te caen los dientes: un ser querido se ha ido para no volver.

Yo bien sabía que mi abuela había enfermado repentinamente y que estaba hospitalizada, y sin embargo hasta el día de hoy conservo la rabia de no haber relacionado los hechos que para Lorena habían sido evidentes, tal vez porque también había oído de cuestiones similares.

Cuando más tarde le reproché su silencio, me dijo simplemente “¿Cómo iba a decirte que tu Yiya había muerto?”.

Semanas más tarde, cuando llegué a Chile, tuve otro sueño bastante más explícito sobre el lugar en que podía encontrar a la difunta (¡y la encontré!), indeleble en mis recuerdos tras todos estos años. Tal vez se los cuente. O tal vez no.

 

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Carlos Reusser M.

Abogado, Universidad de Chile. Magíster en Derecho Constitucional por la P. Universidad Católica de Chile y Máster en Informática y Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Docente universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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