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Veo gente muerta (segunda parte)

Como ya les conté, cuando el año 2001 falleció mi abuela Idilia Reusser, la Yiya, yo estaba fuera del país y recién volví a Chile un mes más tarde.

Idilia no fue una abuelita de cuento: autoritaria, racista, católica y comunista, todo en el mismo envase. Y sin embargo es a quien más he querido en la vida.

De hecho, en sus últimos años y cuando ya estaba más blanda, le llamaba por teléfono y le decía lo mucho que la quería sólo para oírla sollozar al otro lado de la línea: una especie de venganza por todos sus años de torpes muestras de afecto.

La primera noche que llegué a Santiago después de su muerte, soñé con ella. En el sueño yo estaba en mi natal Cañete, en la casa que había vivido mi abuela sus últimos meses, frente al terminal de buses.

Había mucha gente vestida de oscuro, la mayoría de ellos familiares, que expresaban la creciente angustia de que la Yiya no estaba, que se había ido y no había vuelto, que la buscaban y rebuscaban y no sabían dónde hallarla.

Tuve una repentina idea y salí a tomar un bus que me llevó al campo familiar, en el fundo Tromén, que era el lugar donde vivimos muchos años y era donde ella quería volver.

Me bajé del bus y miré a lo lejos: con decepción vi que la casa estaba apagada. Caminé y luego corrí el kilómetro que me separaba de ella y antes de entrar vi, con alegría indecible, que salía humo de la chimenea de la cocina, ¡había alguien y yo sabía quien era!.

Abrí la puerta de golpe y ahí estaba todo tal como lo recordaba: la cocina siempre encendida, las teteras hirviendo y una olla llena de mermelada en preparación. Y la Yiya caminando de allá para acá cuchara de palo en mano y revolviendo cosas, como si los últimos 10 años no hubieran pasado.

De hecho, ya no cojeaba ni se apoyaba en un bastón.

¡Yiya!, exclamé, pero no obtuve respuesta. La volví a llamar un par de veces pero no reaccionó. Comprendí entonces que ella no me podía ver ni oír, a pesar de que estaba al alcance de su mano.

Y empecé a llorar a gritos, como nunca lo he hecho en mi vida, con todo el dolor que nunca demostré y que daba lo mismo, pues nadie me oía. De pronto, lentamente, giró la cabeza hacia mí.

Y por fin, me vio.

Me reconoció con expresión asombrada, y preguntó cómo había llegado hasta allí. Le dije que había ido a buscarla, que todos la estábamos esperando, y le pedí que volviera conmigo.

Me contestó que no, que estaba bien ahí y que no iba a regresar, pues “para qué voy a volver si, tarde o temprano, todos van a venir a verme”.

Se despidió con suavidad, me pidió que regresara por donde había venido, todo el sueño se oscureció y desperté en mi cama en Santiago.

El sueño era tan vívido en mi memoria, como lo es aún diez años después mientras escribo estas líneas, que se lo conté a algunas personas.

Pero lo que nunca les dije es que a los pocos días, cuando viajé al campo, reviví mi sueño y también corrí los últimos metros antes de entrar a la casa, y volví a abrir la puerta de golpe…

Pero claro, como nos recuerda Segismundo, la vida es una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

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Carlos Reusser M.

Abogado, Universidad de Chile. Máster en Informática y Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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