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Pacha Pulai y mi fulgurante carrera de artificiero

Han de saber que a mis tiernos 13 años me dediqué entusiastamente a la fabricación de pólvora, con la ilusión de hacer estallar lo que se me cruzara por delante.

Ello aconteció en el Fundo Tromén (hoy Parque Ecológico Reussland), después de que cayó en mis manos el fantástico libro de Hugo Silva llamado Pacha Pulai, que ficciona sobre el arribo del Teniente Bello a la Ciudad de los Césares tras desaparecer en las nubes con su avión Sánchez-Besa. En medio del relato, el protagonista cuenta que en el valle de Pacha Pulai fabricó pólvora negra, cuyos compuestos recordaba por haberlos leído en un viejo libro: carbono, azufre y nitrato.

Y el rostro se me iluminó de felicidad: en la bodega de mi casa había ingentes cantidades de azufre (que se usaba en para combatir afecciones de los árboles), de carbón vegetal y de un fertilizante llamado… nitrato de potasio. ¡Sólo había que saber las proporciones y podría hacer volar cualquier cosa!.

Pero claro, ningún libro de mi casa decía las proporciones en que debían mezclarse, y era evidente que no iba a contar precisamente con la colaboración familiar, así que todo debía maquinarlo a escondidas, borrando las evidencias. Entonces, con ayuda de un martillo y un yunque, pulvericé por separado el carbón y el fertilizante y fui rellenando con ellos unos cucuruchos de papel (el azufre ya venía en polvo).

Luego, usando un frasco de témpera vacío como unidad de medida, iba realizando mezclas con diferentes proporciones, y registraba en detalle los avances en un cuaderno, haciendo anotaciones en clave, por si las moscas. Tras muchos ensayos llegué a ciertas conclusiones: los mejores resultados se lograban mezclando 7 frascos de salitre, 2 de carbón y 1 de azufre, y aun cuando su combustión dejaba muchos sedimentos, podía ya hacer pruebas a mayor escala.

Llené un tarro con la fórmula mágica, me guardé una caja de fósforos en el bolsillo y me alejé hasta un lugar en que no pudiera ser visto. Encontré un grueso tablón de madera y lo arrastré hacia allí. Extendí entonces un reguero de pólvora a lo largo del tablón, le prendí fuego en un extremo et vioilà!, en unos segundos el tablón estaba partido en dos, coronando con éxito mi experimento. Luego lancé los restos del tablón a una quebrada, y con ello desaparecieron las evidencias.

El paso siguiente era lograr que la pólvora estallara en forma cinematográfica, pero a mi pesar fracasé en todos los intentos, lo que me hizo pensar que tal vez los spaghetti western mentían sobre ese punto. De hecho, metí la pólvora a presión en tarros, la mezcle con alcohol y piedras, la combiné con gasolina y clavos, agregué trozos de aluminio y un largo etcétera de salvajadas.

Y nada, nunca estallaba.

Abatido, decidí dar una “despedida gloriosa” a mis investigaciones. Me fui a los restos de un invernadero en desuso, ubicado en una loma frente al lago Lanalhue, y con la pólvora y un poco de agua hice una pasta con la que rodeé los cuatro postes que sostenían la construcción. Luego de un par de horas, la pasta se secó y le prendí fuego casi simultáneamente a los benditos postes, que ardieron con la intensidad de un fósforo (cerilla) gigante.

Y en segundos, el invernadero se desplomó, con sus tejas y todo. Recuerdo que realicé algún tipo de exótico baile ritual de victoria alrededor de los restos de mi víctima, para luego entrar a preocuparme sobre cómo eludir eventuales castigos.

Entonces me fui a casa, cogí un hacha y volví, y con la parte posterior de la misma fui desbastando las marcas del fuego. Luego le agregué tierra roja, para tapar el tizne. Después, sólo me restaba confiar en que nadie se diera cuenta hasta muchos días después, y ya podrían culpar al viento, a lo desvencijadas de las vigas o a la maldad de algún hipotético vecino.

Y ya está. Tal vez en alguna oportunidad les cuente algunas de mis otras extraordinarias desventuras, como cuando experimenté con bombas incendiarias creadas con el botiquín de mi abuela, o cuando encendí una estufa con un bidón de gasolina, o cuando maté un cerdo con un chuzo. Pero esas son otras bonitas historias.

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Carlos Reusser M.

Abogado, Univ. de Chile. Magíster en Derecho Constitucional por la Pontificia Univ. Católica de Chile y Máster en Informática y Derecho por la Univ. Complutense de Madrid. Docente universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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